YO SOY




El blog que quere transpasar el velo, abrir la puerta
y alcanzar la LUZ de DIOS

viernes, 12 de marzo de 2010

Diálogo

Diálogo entre Dios misericordioso y el alma perfecta

– El alma: Señor y Maestro mío, deseo hablar Contigo.

– Jesús: Habla, porque te escucho en todo momento, niña amada; te espero siempre. ¿De qué deseas hablar Conmigo?

– El alma: Señor, primero derramo mi corazón a tus pies como el perfume de agradecimiento por tantas gracias y beneficios de los cuales me colmas continuamente y los cuales no lograría enumerar aunque quisiera. Recuerdo solamente que no ha habido un solo momento en mi vida en que no haya experimentado Tu protección y Tu bondad.

– Jesús: Me agrada hablar contigo y tu agradecimiento abre nuevos tesoros de gracias, pero, niña Mía, hablemos quizás no tan generalmente, sino en detalles de lo que pesa más sobre tu corazón; hablemos confidencial y sinceramente como dos corazones que se aman mutuamente.

– El alma: Oh mi Señor misericordioso, hay secretos en mi corazón de los cuales no sabe ni sabrá nadie fuera de Ti, porque aunque quisiera decirlos nadie me comprendería. Tu representante sabe algo, dado que me confieso con él, pero tanto cuanto soy capaz de revelarle de estos secretos, lo demás queda entre nosotros por la eternidad, ¡oh Señor mío! Me has cubierto con el manto de Tu misericordia perdonándome siempre los pecados. Ni una sola vez me has negado Tu perdón, sino que teniendo compasión de mí, me has colmado siempre de una vida nueva, la vida de la gracia. Para que no tenga dudas de nada, me has confiado a una cariñosa protección de Tu Iglesia, esta madre verdadera, tierna que en Tu nombre me afirma en las verdades de la fe y vigila que no yerre nunca. Y especialmente en el tribunal de Tu misericordia mi alma experimenta todo un mar de benevolencia. A los ángeles caídos no les has dado tiempo de hacer penitencia, no les has prolongado el tiempo de la misericordia. Oh Señor mío, en el camino de mi vida has puesto a unos sacerdotes santos que me indican una vía segura. Jesús, en mi vida hay un secreto más, el más profundo, pero también el más querido para mí, lo eres Tú mismo bajo la especie del pan cuando vienes a mi corazón. Aquí está todo el secreto de mi santidad. Aquí mi corazón unido al Tuyo se hace uno, aquí ya no hay ningún secreto, porque todo lo Tuyo es mío, y lo mío es Tuyo. He aquí la omnipotencia y el milagro de Tu misericordia. Aunque se unieran todas las lenguas humanas y angélicas, no encontrarían palabras suficientes para expresar este misterio del amor y de Tu misericordia insondable. Cuando considero este misterio del amor, mi corazón entra en un nuevo éxtasis de amor y Te hablo de todo, Señor, callando, porque el lenguaje del amor es sin palabras, porque no se escapa ni un solo latido de mi corazón. Oh Señor, a pesar de que Te has humillado tanto, Tu grandeza se ha multiplicado en mi alma y por eso en mi alma se ha despertado un amor todavía más grande hacia Ti, el único objeto de mi amor, porque la vida del amor y de la unión se manifiesta por fuera como: pureza perfecta, humildad profunda, dulce mansedumbre, gran fervor por la salvación de las almas. Oh mi dulcísimo Señor, velas sobre mí en cada momento y me inspiras sobre cómo debo portarme en un caso dado; cuando mi corazón oscilaba entre una y otra cosa, Tú Mismo intervenías, más de una vez, en solucionar el asunto. Oh, cuántas e innumerables veces, con una luz repentina me hiciste conocer lo que Te agradaba más.

– Oh, qué numerosos son estos perdones secretos de los cuales no sabe nadie. Muchas veces has volcado en mi alma fuerza y valor para avanzar. Tú Mismo eliminabas las dificultades de mi camino interviniendo directamente en la actuación de los hombres. Oh Jesús, todo lo que Te he dicho es una pálida sombra frente a la realidad que hay en mi corazón. Oh Jesús mío, cuánto deseo la conversión de los pecadores. Tú sabes lo que hago por ellos para conquistarlos para Ti. Me duele enormemente cada ofensa hecha contra Ti. Tú sabes que no escatimo ni fuerzas, ni salud, ni vida en defensa de Tu reino. Aunque en la tierra mis esfuerzos son invisibles, pero no tienen menos valor a Tus ojos. Oh Jesús, deseo atraer las almas a la Fuente de Tu Misericordia para que tomen la vivificante agua de vida con el recipiente de la confianza. Si el alma desea experimentar una mayor misericordia de Dios, acérquese a Dios con gran confianza y si su confianza es sin límites, la misericordia de Dios será para ella también sin límites. Oh Señor mío, que conoces cada latido de mi corazón, Tú sabes con qué ardor deseo que todos los corazones latan exclusivamente por Ti, que cada alma glorifique la grandeza de Tu misericordia.

– Jesús: Hija mía amadísima, delicia de Mi Corazón, tu conversación Me es más querida y más agradable que el canto de los ángeles. Todos los tesoros de Mi Corazón están abiertos para ti. Toma de este Corazón todo lo que necesites para ti y para el mundo entero. Por tu amor retiro los justos castigos que la humanidad se ha merecido. Un solo acto de amor puro hacia Mí, Me es más agradable que miles de himnos de almas imperfectas. Un solo suspiro de amor Me recompensa de tantos insultos con los cuales Me alimentan los impíos. Tu más pequeña acción, es decir, un acto de virtud adquiere a Mis ojos un valor inmenso y es por el gran amor que tienes por Mí. En un alma que vive exclusivamente de Mi amor, Yo reino como en el cielo. Mi ojo vela sobre ella día y noche y encuentro en ella Mi complacencia y Mi oído está atento a las súplicas y el murmullo de su corazón y muchas veces anticipo sus ruegos. Oh niña amada por Mí particularmente, pupila de Mi ojo, descansa un momento junto a Mi Corazón y saborea aquel amor del cual te regocijarás durante toda la eternidad.

Pero, hija, aún no estás en la patria; así pues, ve fortalecida con Mi gracia y lucha por Mi reino en las almas humanas y lucha como una hija real y recuerda que pronto pasarán los días del destierro y con ellos la oportunidad de adquirir méritos para el cielo. Espero de ti, hija Mía, un gran número de almas que glorifiquen Mi misericordia durante toda la eternidad. Hija Mía, para que respondas dignamente a Mi llamada, recíbeme cada día en la santa Comunión – ella te dará fuerza...

Palabra de Dios

Así dice el Señor: «Ésta fue la orden que di a vuestros padres: "Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo; caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien." Pero no escucharon ni prestaron oído, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado, me daban la espalda y no la frente. Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy les envié a mis siervos, los profetas, un día y otro día; pero no me escucharon ni prestaron oído: endurecieron la cerviz, fueron peores que sus padres. Ya puedes repetirles este discurso, que no te escucharán; ya puedes gritarles, que no te responderán. Les dirás: "Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. La sinceridad se ha perdido, se la han arrancado de la boca."»

Palabra de Dios.

Escucha mi voz

Salmo responsorial Sal 80, 6c-8a. 8bc-9. 10-11ab. 14 y 17
R. Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz.


Oigo un lenguaje desconocido: «Retiré sus hombros de la carga, sus manos dejaron la espuerta. Clamaste en la aflicción, y te libré. R. Te respondí oculto entre los truenos, te puse a prueba junto a la fuente de Meribá. Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti; ¡ojalá me escuchases, Israel! R. No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto. R. ¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!: te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre.» R.

Oración antes de dormir

Desde épocas de antaño, nuestras abuelas o quizás nuestros padres, siempre nos enseñaron de pequeños, de alguna u otra manera, a orar antes de dormir. Muchos adultos aún conservan esta tradición, agradeciendo al Todo Poderoso por darnos un día mas de vida o pidiendo, mediante la oración, la buenaventura para nuestros seres queridos. Para cualquiera de los casos, antes de realizar una conversación con el altísimo, es necesario la oración para la conexión con Él.

En un post anterior les había mostrado cómo orar a nuestro cuerpo físico, como también había mencionado que existían infinidad de oraciones, que poco a poco iré posteando para todos ustedes. Esta vez les daré una oración para antes de dormir, una oración pequeña pero significativa, pues nos da la gracia de perdonar, solicitar y, los más importante, agradecer.

jesusyoracion

La posición correcta para la oración es estar con el cuerpo en un estado de meditación, si desea al borde de la cama, de rodillas, y siempre con los brazos entendidos hacia adelante y con las palmas de las manos abiertas hacia arriba, esperando recibir la bendición, como nos enseño Cristo.

En nombre de mi amada presencia “yo soy”, abro mi aura y mis puertas astrales a mi Padre creador en la luz del altísimo, pido la luz que me envuelve aquí y ahora ya. “ yo Soy” la luz, “ yo Soy” la luz, “ yo soy” la luz…

Yo perdono a todo el que necesita mi perdón y a mí mismo, para así transformar la idea del que quiere hacerme mal.

En nombre de mi magna presencia “yo soy”, doy la orden antes de dormir para que, durante la horas de mi sueño, yo sea llevado a los planos de luz en uno de mis vehículos espirituales, de manera que allí pueda aprender y realizar servicio a la luz. Invoco a mi Dios puro y perfecto, a los maestros y guiás espirituales que me acompañen, y pido poder recordar esta experiencia si está en ley. Gracias Padre que así será.

“yo soy” la presencia guardiana que consume el instante todo lo que busque perturbarme.

“yo soy” el amor de Dios en acción.

“yo soy” la presencia en el aura que atrae lo positivo y repele lo negativo. Amén.

Imagen: BendicionesCristianas.

El amor de Dios

EL AMOR DE DIOS

  • El amor infinito de Dios por cada hombre.
  • El Señor nos ama siempre. También cuando le ofendemos, tiene misericordia de nosotros.
  • Nuestra correspondencia. El primer mandamiento. Amor a Dios en las incidencias de cada día.

I. En toda la Sagrada Escritura se habla continuamente del amor de Dios por nosotros. Nos lo hace saber de muchas maneras. Nos asegura que, aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, Él jamás se olvidará de nosotros, pues nos lleva escritos en su mano para tenernos siempre a la vista1.

La Primera lectura de la Misa, del libro del profeta Oseas, es uno de esos textos que muestran el triunfo emocionante del amor de Dios sobre las infidelidades y las conversiones hipócritas de su pueblo. Israel reconoce al fin que no le salvarán alianzas humanas, ni dioses fabricados por sus manos2, ni holocaustos vacíos, sino el amor, expresado en la fidelidad a la Alianza. Se vislumbra entonces una felicidad sin límites. La misma conversión es obra del amor de Dios, pues todo nace de Él, que nos ama con largueza. Yo curaré sus extravíos –leemos–, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos. Seré rocío para Israel, florecerá como azucena, arraigará como el álamo. Brotarán sus vástagos, como el olivo será su esplendor, su aroma como el Líbano. Volverán a descansar a su sombra: cultivarán el trigo, florecerán como la viña, será su fama como la del vino del Líbano3.

Jamás podremos imaginar lo que Dios nos ama. Para salvarnos, cuando estábamos perdidos, envió a su Unigénito para que, dando su vida, nos redimiera del estado en que habíamos caído: tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna4. Este mismo amor le mueve a dársenos por entero de un modo habitual, habitando en nuestra alma en gracia: Si alguno me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y en él haremos morada5, y a comunicarse con nosotros en lo más íntimo de nuestro corazón, durante estos ratos de oración y en cualquier momento del día.

«Hasta te serviré, porque vine a servir y no a ser servido. Yo soy amigo, y miembro y cabeza, y hermano y hermana, y madre; todo lo soy, y solo quiero contigo intimidad. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti; en el cielo intercedo por ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti. Todo lo eres para Mí, hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres?»6. ¿Qué más podemos desear? Cuando contemplamos al Señor en cada una de las escenas del Vía Crucis es fácil que desde el corazón se nos venga a los labios el decir: «¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?»7.

II. No tienes otros iguales, Señor: Grande eres y haces maravillas, tú eres el único Dios8. Una de las mayores maravillas es el amor que nos tiene. Nos ama con amor personal e individual, a cada uno en particular. Jamás ha dejado de amarnos, de ayudarnos, de protegernos, de comunicarse con nosotros; ni siquiera en los momentos de mayor ingratitud por nuestra parte o cuando cometimos los pecados más graves. Quizá, en esas tristes circunstancias, ha sido cuando más atenciones hemos recibido de Dios, como nos muestra en las parábolas en las que quiso expresar de modo singular su misericordia: la oveja perdida es la única que es llevada a hombros, la fiesta del padre de familia es para el hijo que dilapidó la herencia pero que supo volver arrepentido, la dracma perdida es cuidadosamente buscada por su dueña hasta encontrarla...9.

A lo largo de nuestra vida, la atención de Dios y su amor para cada uno de nosotros han sido constantes. Ha tenido presentes todas las circunstancias y sucesos por los que habíamos de pasar. Está junto a nosotros en cada situación y en todo momento: Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo10, hasta el último instante de nuestra vida.

¡Tantas veces se ha hecho el encontradizo! En la alegría y en el dolor, a través de lo que al principio nos pareció una gran desgracia, en un amigo, en un compañero de trabajo, en el sacerdote que nos atendía... «Considerad conmigo esta maravilla del amor de Dios: el Señor que sale al encuentro, que espera, que se coloca a la vera del camino, para que no tengamos más remedio que verle. Y nos llama personalmente, hablándonos de nuestras cosas, que son también las suyas, moviendo nuestra conciencia a la compunción, abriéndola a la generosidad, imprimiendo en nuestras almas la ilusión de ser fieles, de podernos llamar sus discípulos»11.

Como muestra de amor nos dejó los sacramentos, «canales de la misericordia divina». Entre ellos, por recibirlos con más frecuencia, le agradecemos ahora de modo particular la Confesión, donde nos perdona los pecados, y la Sagrada Eucaristía, donde quiso quedarse como una muestra singularísima de amor por los hombres.

Por amor nos ha dado a su Madre por Madre nuestra. Como manifestación de este amor nos ha dado también un Ángel para que nos proteja, nos aconseje y nos preste infinidad de favores hasta que llegue el fin de nuestro paso por la tierra, donde Él nos espera para darnos el Cielo prometido, una felicidad sin límites y sin término. Allí tenemos preparado un lugar.

A Él le decimos, con una de las oraciones de la Misa de hoy: Señor, que la acción de tu Espíritu en nosotros penetre íntimamente nuestro ser, para que lleguemos un día a la plena posesión de lo que ahora recibimos en la Eucaristía12. Y le damos gracias por tanto Amor, por tanta atención, que no merecemos. Y procuramos encendernos en deseos: Amor, con amor se paga. Poéticamente expresa esta idea Francisca Javiera del Valle: «Mil vidas si las tuviera daría por poseerte, y mil... y mil... más yo diera... por amarte si pudiera... con ese amor puro y fuerte con que Tú, siendo quien eres... nos amas continuamente»13.

III. Nos dice el Evangelio de la Misa: Uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?

Respondió Jesús: El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser14. Él espera de cada hombre una respuesta sin condiciones a su amor por nosotros.

Nuestro amor a Dios se muestra en las mil pequeñas incidencias de cada día: amamos a Dios a través del trabajo bien hecho, de la vida familiar, de las relaciones sociales, del descanso... Todo se puede convertir en obras de amor. «Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto»15.

Cuando correspondemos al amor a Dios los obstáculos se vencen; y al contrario, sin amor hasta las más pequeñas dificultades parecen insuperables. Todo se hace llevadero si hay unión con el Señor. «Todas estas cosas, sin embargo, hállanlas difíciles los que no aman; los que aman, al revés, eso mismo les parece liviano. No hay padecimiento, por cruel y desaforado que sea, que no lo haga llevadero y casi nulo el amor»16. La alegría mantenida aun en medio de las dificultades es la señal más clara de que el amor de Dios informa todas nuestras acciones, pues –como comenta San Agustín– «en aquello que se ama, o no se siente la dificultad o se ama la misma dificultad (...). Los trabajos de los que aman nunca son penosos»17.

El amor a Dios ha de ser supremo y absoluto. Dentro de este amor caben todos los amores nobles y limpios de la tierra, según la peculiar vocación recibida, y cada uno en su orden. «No sería justo decir: “O Dios o el hombre”. Deben amarse “Dios y el hombre”; a este último, nunca más que a Dios o contra Dios o igual que a Dios. En otras palabras: el amor a Dios es ciertamente prevalente, pero no exclusivo. La Biblia declara a Jacob santo y amado por Dios; lo muestra empleando siete años en conquistar a Raquel como mujer, y le parecen pocos años, aquellos años –tanto era su amor por ella–. Francisco de Sales comenta estas palabras: “Jacob –escribe– ama a Raquel con todas sus fuerzas y con todas sus fuerzas ama a Dios; pero no por ello ama a Raquel como a Dios, ni a Dios como a Raquel. Ama a Dios como su Dios sobre todas las cosas y más que a sí mismo; ama a Raquel como a su mujer sobre todas las otras mujeres y como a sí mismo. Ama a Dios con amor absoluto y soberanamente sumo, y a Raquel con su amor marital; un amor no es contrario al otro, porque el de Raquel no viola las supremas ventajas del amor de Dios”»18.

El amor a Dios se manifiesta necesariamente en el amor a los demás. La señal externa de nuestra unión con Dios es el modo como vivimos la caridad con quienes están junto a nosotros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos...19, nos dejó dicho el Señor: en la delicadeza en el trato, en el respeto mutuo, en el pensar del modo más favorable de los otros, en las pequeñas ayudas en el hogar o en el trabajo, en la corrección fraterna amable y oportuna, en la oración por el más necesitado...

Pidámosle hoy a la Virgen que nos enseñe a corresponder al amor de su Hijo, y que sepamos también amar con obras a sus hijos, nuestros hermanos.